"La ciencia cada vez màs se parecerà a la hierba, estara en el medio, entre unas cosas y otras, acompañando su fuga (aunque bien es cierto que los aparatos de poder exigiràn cada vez màs una reordenaciòn, una recodificaciòn de la ciencia)" Gilles Deleuze

Maurice Banchot

“Lo que nosotros negamos no carece de valor ni de importancia. Más bien a eso se debe que la negación sea necesaria. Hay una razón que no aceptaremos, hay una apariencia de sabiduría que nos horroriza, hay una petición de acuerdo y conciliación que no escucharemos. Se ha producido una ruptura. Hemos sido reducidos a esa franqueza que no tolera la complicidad.

martes, 20 de octubre de 2009

Sobre Max Horkheimer

Entrada del diccionario de Filosofía Herder.

Filósofo alemán, nacido en Stuttgart, de familia judía de clase alta. Estudió en Munich, Friburgo y Francfort, y fue discípulo del neokantiano Hans Cornelius, quien le influyó profundamente; en sus teorías hay también influencias de Kant, Schopenhauer, Dielthey, Nietzsche y Freud, por quienes se interesó antes de hacerlo por Hegel y Marx. Entre 1930 y 1958 fue director del Instituto para la Investigación Social (“Institut für Sozialforschung”), que durante unos años fue centro de la filosofía social en Alemania, y uno de los iniciadores de la escuela de Francfort.

Al subir Hitler al poder, abandona Alemania y en 1934 marcha a EE.UU. En Nueva York refunda el Instituto para la Investigación Social en el exilio, y colaboran con él, entre otros, Herbert Marcuse y Th. W. Adorno. Los ensayos que publica en la primera mitad de los años treinta, para la revista de carácter interdisciplinar del Instituto, la “Zeitschrift für Sozialforschung” [Revista de investigación social], constituyen el núcleo de lo que se llamará “teoría crítica”, que, junto con la Dialéctica de la Ilustración (escrita en colaboración con Th. W. Adorno) y las aportaciones psicoanalíticas de H. Marcuse, representan la doctrina fundamental de la escuela de Francfort.

La “teoría crítica”, a diferencia de su opuesto, la filosofía y la teoría tradicionales, que pretenden la legitimación de la ideología dominante, representa una crítica a todas las diversas formas de dominio sobre el hombre y de irracionalidad, propias de la sociedad burguesa, con el objetivo de desvelar las auténticas necesidades del hombre y tomar conciencia de las estructuras sociales que las reprimen. La irracionalidad se ha vuelto un rasgo tan característico de la sociedad como lo es su racionalidad y la historia de ésta muestra el carácter instrumental de la razón. Surge la racionalidad moderna con la constitución, tras el Renacimiento, de los estados modernos, y su historia es la misma que la del individuo: la de una integración, frustrada, de la libertad individual con las necesidades de la sociedad. Con la aparición del capitalismo, la sociedad se vuelve mercado, cuyo principal valor es el de cambio; todo se convierte en un medio -racionalidad y razón incluidas- y lo que ha de ser un medio, el dinero, es el fin. La sociedad de mercado es sólo una apariencia de liberación económica; en realidad se sacrifica al individuo y sus necesidades a las necesidades del mercado. El germen de irracionalidad constante en la sociedad se manifiesta aparentemente en los movimientos totalitarios y fascistas: son el ejemplo claro del dominio sobre el hombre y del sometimiento de éste a los valores del grupo. La vida social es una historia inacabable de una integración imposible de la subjetividad y la universalidad, tal como reflexiona la filosofía de Hegel y de Marx, que no se ha dado en la historia ni es previsible que pueda darse en la historia inmediata: fracaso del socialismo, burocratización creciente del individuo. No hay que hacerse ilusión alguna para esta historia y esta sociedad. Sólo queda defenderse contra todo tipo de instrumentalización. Tras la Segunda Guerra Mundial, y su vuelta a Alemania, y críticamente desencantado de las repuestas hegelianas y marxistas a la historia, procura salvar su pesimismo dirigiendo la mirada hacia la filosofía kantiana. La sociedad racional del futuro es sólo posible a modo de postulado de la razón práctica, como un imperativo moral. Pero no hay sujeto histórico ninguno de este imperativo ni hay garantía histórica alguna a priori de su posible puesta en práctica; hay sólo el individuo que busca liberarse de toda instrumentalización y que, incluso, ha de procurar no desaparecer como sujeto.

Diccionario de filosofía en CD-ROM. Copyright © 1996. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. Todos los derechos reservados. ISBN 84-254-1991-3. Autores: Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu.

Gentileza: http://www.nietzscheana.com

Para los muchos alumnos que pidieron màs informaciòn sobre

Max Horkheimer

CRONOLOGÍA

1895

14 de febrero nace en Stuttgart en una acaudalada familia de industriales judío-alemanes.

1922

Conoce a T. W. Adorno (ambos estudian filosofía con H. Cornelius). Se doctora por la Universidad de Frankfurt con una tesis sobre Kant.

1923

Forma parte del Instituto de investigación social (Institut für Sozialforschung), que se funda en este año gracias a la ayuda económica de Herman Weil, acaudalado judío-alemán)

1928

Se psicoanaliza con uno de los discípulos alemanes de Freud, K. Launder.

1930

Publica Los comienzos de la filosofía burguesa de la historia (Die Anfänge der bürgerlichen Geschichtsphilosophie), gracias a este trabajo accede a la cátedra de Filosofía Social de Frankfurt.

1931

Es designado director del Instituto de Investigación Social.

1932

Dirige la Zeitschrift für Sozialforschung, la revista del instituto donde publicarán entre otros: Adorno, Benjamin, Marcuse y Fromm.

1933

Horkheimer se exilia en Ginebra y luego en Paris. Los nazis clausuran el Instituto.

1941

En compañía de Adorno, se instala en California. Ambos se relacionan allí con el círculo de emigrados alemanes, entre los que se cuenta Thomas Mann.

1947

En Ámsterdam aparece la Dialéctica del Iluminismo. También de este año es El eclipse de la razón (Eclipse of Reason), que se edita en New York.

1948

Regresa a Alemania.

1949

Es nombrado catedrático de sociología y filosofía en la Universidad de Frankfurt.

1950

El Instituto se reinstala en Frankfurt.

1951

Es designado rector de la Universidad Goethe de Frankfurt.

1953

La ciudad de Frankfurt le concede el Premio Goethe.

1960

Abandona la dirección del Instituto a favor de Adorno. Fija su residencia en Suiza.

1967

Crítica de la razón instrumental (Zur Kritil der instrumentellen Vernuft)

1968

Aparece una recopilación de dos volúmenes de escritos del periodo de entreguerras con el título de Teoría crítica(Kritische Theorie).

1973

7 de julio: muere en Nuremberg.

lunes, 19 de octubre de 2009

Un artista del hambre

Franz Kafka


En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios. Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía. A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; lo atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedase aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta le permitía comer mientras cantaba. Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no lo molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y por su cuenta les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas. Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista; tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el suyo. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela-, había abandonado su jaula voluntariamente. El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible.
Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar, dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas, y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía. Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado, se hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas. Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le diera vueltas, y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica-, alargaba todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el ayunador.
Pero después, como no lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala, rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga por un criado, de largo tiempo atrás preparado para ello. Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie quedaba descontento de lo que había visto, nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él. Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarlo en serio. ¿ Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos, comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales cosas tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público; añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero en seguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición, a los cuarenta días de su ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el ayunador, pero era cada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y, sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor. Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?

El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía haberse dado así, de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores; pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo. ¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre. Por tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones del contrato. Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que, como al crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano, que ya no está en la cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si lo dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquella la vez en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador. Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes carteles, de colores chillones, rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor, y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes cuadras. Por este motivo, el ayunador temía aquella hora de visitas, que, por otra parte, anhelaba como el objeto de su vida.

En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había contemplado, con entusiasmo, la muchedumbre que se extendía y venia hacia él, hasta que muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la mayor parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida lo aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que tenían ante los ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándolo cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a paso largo, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y hablara de tiempos pasados, cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla; y entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían ellos lo que era ayunar?-, seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá estarían un poco mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón lo meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía y les hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo en el camino de las cuadras. Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito, quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender. Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos.
La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su corazón sé llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieron inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba: él trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.* Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo su fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.
-¿Ayunas todavía? -preguntole el inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?
-Perdónenme todos -musitó el ayunador, pero sólo lo comprendió el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.
-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.
-Había deseado toda la vida que admiraran mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.
-Y la admiramos -repúsole el inspector.
-Pero no deberían admirarla -dijo el ayunador.
-Bueno, pues entonces no la admiraremos -dijo el inspector-; pero ¿por qué no debemos admirarte?
-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.

-Eso ya se ve -dijo el inspector-; pero ¿ por qué no puedes evitarlo?
-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.
-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer, hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida que le gustaba traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad; parecía estar escondida en cualquier rincón de su dentadura.
Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.

Gentileza: http://www.ciudadseva.com


Material no obligatorio
Subo este bello escrito a pedido de alumnos con los cuales estuvimos en horarios de consulta retrabajando a Herbert Marcuse, Adriana Paloma.

domingo, 11 de octubre de 2009

Escritos alumnos


Primer Parcial no presencial Primer Cuatrimestre

Epistemologìa, Turno noche, 2009


Ventana sobre el cuerpo

La iglesia dice: El cuerpo es una culpa.

La ciencia dice: El cuerpo es una máquina.

La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.

El cuerpo dice: Yo soy una fiesta.

Galeano, Eduardo, “Ventana sobre el cuerpo” en Las palabras andantes”, Siglo XXI, México, 1993.

A través del texto de Galeano se puede observar como cada esfera de lo social se apropia del cuerpo y lo define, lo delimita, le da un uso, una función; se ejerce una adecuación del cuerpo según el sector que se lo apropie, se hace uso del cuerpo.

“Las representaciones del cuerpo y los saberes acerca del cuerpo son tributarios de un estado social, de una visión del mundo, y dentro de ésta última, de una definición de persona. (…) Las representaciones sociales le asignan al cuerpo una posición determinada dentro del simbolismo general de la sociedad. Sirven para nombrar las diferentes partes que lo componen y las funciones que cumplen, hacen explícitas sus relaciones…”[1]

Esto nos permite pensar acerca de como un mismo objeto va cambiando según los intereses del sector, como una definición, una delimitación, en definitiva, una clasificación es arbitraria, antojadiza, cultural. Podemos pensar como el mismo objeto observado, el mismo hecho analizado cambia según donde se ponga el “acento”, según el recorte que se haga, y cómo este recorte está condicionado por intereses económicos, políticos, sociales, etc. “Clasificar es ordenar, catalogar, dividir, disponer, distribuir y redistribuir, fijar límites, sentar los criterios a partir de los cuales se trazarán las separaciones y por los que se especificará lo que del conjunto queda excluido.”[2]

“El cuerpo dice: Yo soy una fiesta.” Pero el cuerpo no habla con palabras, es la literatura quien habla con palabras, por tanto esta no deja de ser una definición igual que las otras, una definición literaria, un deseo del yo poético, que muchos podemos compartir (sobre todo aquellos que no “carguen” con los criterios religiosos de “el cuerpo es una culpa”).

Isadora Duncan dijo “Si pudiera decirlo no lo bailaría”, ¿será acaso que hay que dejar hablar el cuerpo con su propio lenguaje? Porque el cuerpo habla (¿sino que serían los síntomas para un psicólogo?), pero como dijimos anteriormente, no habla con palabras. Es que el cuerpo parece estar mediado por el sujeto, por la voz del sujeto que lo interpreta; en toda interpretación hay una mediación, una traducción intelectual acerca de lo que quiere decir el cuerpo.

¿Pero si hacemos caso a este Yo poético, y dejamos que el cuerpo sea una fiesta? Fiesta es acto, el acto implica movimiento, no palabra. ¿Qué diría el cuerpo por sí mismo?

Definición del cuerpo por el sujeto que lo habita, que lo porta, que lo mueve, que lo usa = interpretación, traducción, mediación.

Definición del cuerpo por las diferentes esferas sociales (iglesia, ciencia, publicidad) = culpa, máquina, negocio.

Definición del cuerpo por sí mismo = …Si pudiera decirlo no lo bailaría.

Aramburu, Julia, A-1852/0

Comisiòn: Prof. : Adriana Paloma



[1] Sassano, Miguel: Cuerpo, tiempo y espacio: principios básicos de la Psicomotricidad.Stadium, Buenos Aires, 2003, p. 82.

[2] Díaz de Kóbila, E; Cappelletti, A: op. Cit., p. 35

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Fernández, Macedonio, “Al lector salteado” en Museo de la novela eterna (primera novela nueva), Corregidor, Buenos Aires.

Para Thuiller, los partidarios del cientificismo se equivocan cuando consideran que la ciencia es la única forma de aprehender lo real. Estos consideran que no hay nada que inventar, ya que el Sabio es un observador paciente y atento que carece de subjetividad y sólo tiene que aceptar pasivamente los mensajes de la experiencia sin tener en cuenta que el hombre de ciencia tiene un perfil psicológico y conoce apropiándose de lo real de manera activa. Macedonio nos invita a ser “lectores salteados”, a romper con la estructura tradicional de lectura propia del realismo para poner en juego la subjetividad del que lee. Ya no se trata de un lector pasivo que se limita e decodificar e interpretar lo que lee, sino que pasa a ocupar un papel activo por encontrarse implicada su subjetividad en la construcción del texto. Este se presenta desarticulado y será el lector el que lo plasme de sentido. Así como la objetividad constituye un ideal en el pensamiento científico, pretender que el lector se enfrente al texto de manera neutral también es un ideal, ya que el que lee es el protagonista de la experiencia de lectura que tamiza según las experiencias vividas y su modo de pensar. La cultura científica glorifica unilateralmente los hechos y posee un ideal de sabio, de método y de objetividad y la lectura tradicional también posee un lector modelo. Pero así como la naturaleza se dirige a los científicos en un lenguaje claro y directo y el observador deberá realizar un tamiz de lectura reflexiva para convertir el significado teórico en un verdadero hecho científico, el texto literario siempre tiene huecos que el lector puede llenar acorde a su estrategia interpretativa. Como dice Macedonio Fernández, “Cuando la felicidad nos sale al paso nunca lleva el hábito con que nosotros pensábamos encontrarla”.

Giordano Bruno sustituye la concepción de un mundo finito y ordenado jerárquicamente por un universo infinito que permite dilucidar que hay innumerables mundos iguales a él; Macedonio sustituye la concepción de una lectura armónica, de estructura rígida por un una concepción fragmentada en donde los elementos están desordenados y el lector debe reordenarlos para darle su propio sentido. Si es el lector el que construye, va a haber múltiples interpretaciones del texto y construcciones diversas. Hay una libertad de expresión que diversifica la estructura de las historias.

Para Koyré, con la Revolución del siglo XVII, hay una conversión del espíritu humano de la teoría a la práctica, de la ciencia contemplativa a la ciencia activa y operativa que transformó al hombre de espectador en dueño y señor de la naturaleza. Como uno de los escritores vanguardistas, Macedonio resalta la actividad productiva del encuentro entre el lector y su identificación con la obra en donde éste adquiere un protagonismo que exalta su momento presente. Hay una innovación para liberarse de las reglas que ya estaban establecidas por los movimientos anteriores, por eso se dice que la única regla del vanguardismo es no respetar ninguna regla.


Ana Laura, Passarella. P-1951/8

Comisiòn: Prof.: Adriana Paloma

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Bierce, Ambrose, “Anormal” y “Loco” en El diccionario del Diablo, Longseller,


Anormal, Adj. Que no responde a la norma. En cuestiones de pensamiento y conducta ser independiente es ser anormal y ser anormal es ser detestado. En consecuencia, el autor aconseja parecerse más al Hombre Medio que a uno mismo. Quien lo consiga obtendrá la paz, la perspectiva de la muerte y la esperanza del Infierno.

Loco, Adj. Dícese de quien está afectado de un alto nivel de independencia intelectual; del que no se conforma a las normas de pensamiento, lenguaje y acción que los conformantes han establecido observándose a sí mismos; del que no está de acuerdo con la mayoría; en suma, de todo lo que es inusitado. Vale la pena señalar que una persona es declarada loca por funcionarios carentes de pruebas de su propia cordura. Por ejemplo, el ilustre autor de este Diccionario no se siente más convencido de su salud mental que cualquier internado en un manicomio, y --salvo demostración en contrario-- es posible que en vez de la sublime ocupación a que cree dedicar sus facultades, esté golpeando los puños contra los barrotes de un asilo y afirmando ser Noé Webster, (autor del diccionario Webster) ante la inocente delectación de muchos espectadores desprevenidos.

Muchos de los autores que hemos visto, se podrían considerar anormales, o locos, pero quién mejor encaja con estas definiciones, para mi es Giordano Bruno, por pensar lo impensado y por defender hasta las últimas consecuencias, su filosofía y por vivir la fe de un modo diferente, pero no por esto, menos fiel a su dios.

“Que no responde a la norma”, totalmente, y nada menos que a la norma de la santa iglesia católica, quien en nombre del Señor ha manchado de sangre y ennegrecido con el humo de su injusticia el curso de la historia. Que “en cuestiones de pensamiento y conducta ser independiente es ser anormal y ser anormal es ser detestado”, sin duda alguna, detestado por mentes minúsculas, por no es estar de acuerdo en formar parte de una iglesia dogmática, la cual ejercía el poder hipócritamente, infundiendo miedo, opacando las mentes del pueblo y de esta manera privándolos de la capacidad de pensar, porque habría que “parecerse más al Hombre Medio que a uno mismo”. Es más fácil dominar en la ignorancia, y “se la pasa mejor” teniendo perfil bajo, formando parte de una masa mansa, donde no hay lugar para los insurrectos. “Quien lo consiga obtendrá la paz, la perspectiva de la muerte y la esperanza del Infierno”. Claro que Bruno encontró la paz, pero no precisamente por parecerse al hombre medio, encontró la paz en el sentido de permanecer fiel a su fe y a sus creencias hasta su último aliento, y la perspectiva de su muerte se hizo carne el 17 de febrero del 1600.

“Loco, Dícese de quien está afectado de un alto nivel de independencia intelectual”; naturalmente Bruno poseía un alto valor de independencia intelectual, del que no se conforma a las normas de pensamiento, lenguaje y acción que los conformantes han establecido observándose a sí mismos”; Bruno alude que han intentado dormir su espíritu y su inteligencia, desde niño en su casa, en la escuela, en el monasterio y desde el púlpito siempre le enseñaron a dormir la luz de la razón, la mente y la capacidad del intelecto, “del que no está de acuerdo con la mayoría”; con la mayoría, sino toda, de la iglesia de la cual formaba parte, la falta de libertad que necesita para comunicar su filosofía, puesto que esta es muy degradante al autoritarismo eclesiástico, por lo que sus publicaciones son perseguidas así como el mismo. A esta falta de libertad se le suma como su misma conciencia lo invita a predicar y practicar su filosofía, al punto total de plantearla a todo nivel, con la intención de poder crear una nueva reforma. en suma, de todo lo que es inusitado. “Vale la pena señalar que una persona es declarada loca por funcionarios carentes de pruebas de su propia cordura”. En esa época el intelecto sólo pertenecía a las grandes esferas de poder eclesiásticas y gubernamentales, quienes lo utilizaban principalmente para beneficio propio. De hecho, la sabiduría en cuanto a la filosofía o el intelecto en sí era solamente permitida, de forma doctrinaria, a los que pertenecían al círculo de poder tradicional y dogmático. En ningún caso le sería permitido a una persona atea o hereje las facilidades de volverse docto. Pero Bruno no era ni ateo ni hereje, fue expulsado de la iglesia porque no la aceptaba de forma dogmática, pero si estaba dispuesto a intentar cambiarla y reformarla a juicio de él, para mejorarla y hacer una religión tolerante, comprensiva, pacífica y unificadora. Entonces, aquellos que lo condenaron y procesaron, con Dios como testigo, y las Santas Escrituras como estandarte, actuaron a su criterio, por sus intereses, pero sin reparar en nombre de quién o qué actuaban, o si su accionar estaba avalado por algo o alguien de aquello que defendían, pero, podemos decir que son sólo hombres, y que el hombre tiene libre albedrío, que es regalo de Dios, que algunos lo utilizan bien y otros mal… A Bruno lo condenó la iglesia, y la iglesia no es Dios, está formada por hombres, que casi nunca emiten sanos juicios, si Bruno viviera, mejor dicho, si se asomara a esta época, vería que no mucho ha cambiado, que quizá sería libre de pensar, decir y predicar lo que gustase, pero igualmente sería objetado por la iglesia, la sociedad o la prensa. Quizá la iglesia no ha cambiado mucho desde los días de Bruno, pero algunos tenemos la suerte, de conocer su pensamiento, su vida, aunque sea un poquito, y esto nos ayuda a formarnos una opinión diferente del mundo en que vivimos, de las instituciones y sus poderes, pero a la luz del intelecto, y ya no en sus penumbras.


Romina Gerlero, G.2199/7

Comisiòn: Prof.: Adriana Paloma

Escritos alumnos



Primer Parcial no presencial Primer Cuatrimestre

Epistemologìa, Turno noche, 2009


Su fe en la ciencias, Julio Cortàzar

Cuando elegí el texto de Cortázar, mi primer objetivo fue tratar de desafiar a la “esperanza”. Simplemente no podía entender el hecho de que le haya sido imposible clasificar a esos tipos fisonómicos. Entonces decidí hacer una división entre los autores que estuvimos estudiando, no separándolos por su fisonomía claro, sino por sus ideales y maneras de pensar. Empecé entonces con dos grandes grupos: los filósofos de la época de la revolución científica y los filósofos del siglo XX, basados en una epistemología más asentada. Me incliné entonces por el segundo grupo y si bien Cortázar los reunió a todos en el Paulista de San Martín, yo no pude sino reunirlos en mi mente. Me puse a analizar a cada uno de los ocho autores que consideré aptos para este grupo y noté (como lo hizo la esperanza con los ñatos) que no podía tomarlos a todos por igual, sino que había pequeños subgrupos dentro de este más grande. Descarté en un principio a los positivistas (debido a que aún no los profundizamos y además no son de mi agrado). Me quedaron entonces los señores Lagache, Canguilhem, Koyré y Thuillier, y sus estupendos pensamientos y reflexiones. Pero enseguida tuve que descartar al segundo, ya que él pensaba que la diversidad de la psicología no era signo de unidad como decía Lagache. No podía darle un sándwich de anchoas y huevo al ya fallecido Canguilhem, pero al menos podía borrarlo de mi mente por un rato.

Estaba dispuesta a seguir con mis investigaciones, y a encontrar similitudes en los demás autores, como el intento de desenmascarar la sobreestimación sobre la ciencia por parte de Koyré y Thuillier. Fue entonces cuando me detuve un segundo y pensé en lo que Canguilhem criticó a Lagache, y desde ese momento no fue necesario continuar con la investigación. Supe entender a la esperanza. A esta se le había hecho difícil encontrar dos personas iguales, pero a mí se me complicó encontrar dos personas distintas. Porque, como dijo Lagache, “la diversidad no es signo sino de unidad”, y si bien estos autores tenían diferentes posturas (como los tipos tenían diferentes rasgos) todos apuntaban a un mismo objetivo: querían seguir viviendo a expensas de mi mente.

Antonella Teglia

Comisiòn: Prof.: Flavia Castro

La rosa de Paracelso, Jorge Luis Borges

“El camino es la piedra. El punto de partida es la piedra”. No existe un objeto, ni una situación, ni una historia…existen multiplicidades en un mismo objeto, procesos en una misma situación, rupturas…discontinuidades…todo es devenir. El aprendizaje de algo implica una genealogía de ese algo. Todo se hace en el mientras tanto.

El llegar a la Piedra implica comprender el proceso interno que conlleva el recorrer el camino de conocer cómo llegar a la Piedra. Proceso que está impregnado de aprendizajes constantes, que nos harán ir y venir por el recorrido y darnos cuenta que la Piedra era el punto de llegada pero a la vez el punto de partida, porque está estrechamente conectado en el proceso perenne de asimilar el camino y saber que no hay nada más allá que no esté configurado por nuestra experiencia.

La predisposición misma que Paracelso le exigía a su discípulo (a manera de fe) era la apertura mental interna que se necesita para asimilar el proceso de conocimiento. Pero el aprendiz despliega una lógica basada en la demostración para lograr la convicción y luego empezar a recorrer el camino hacia algo que siente fuera de él. En cambio Paracelso buscaba que comprendiera que ese algo no está fuera de uno, no es algo a lo cual se pueda llegar o acceder sino que implica un proceso de construcción de un algo en el que él (discípulo) está inmerso.

Andrea Banega

Comisiòn: Prof.: Flavia Castro

Escritos alumnos



Jorge Luis Borges.”La biblioteca de Babel”, Ficciones, Emecé, Buenos Aires, 1998.


En este cuento Borges , intenta describir la infinitud del universo, haciendo una analogía metafórica, con una infinita biblioteca, y por tal un ilimitado espacio donde se reúne un ilimitado conocimiento.

Dice encontrarse en la biblioteca con rumores que desconfían de la infinitud de la misma, dando como argumento la ilusoria duplicación de un espejo y anclando allí, en la pura percepción de los sentidos, sus concepciones, mientras que las descripciones que aporta Borges de ese universo-biblioteca están basadas en la especulación geométrica.

Cuando describe los muros de la biblioteca con sus anaqueles y sus libros y sus páginas y sus renglones, apunta a la eterna divisibilidad del espacio infinito.

El cuento propone a un bibliotecario que logró descifrar la infinitud, y las consecuencias que este nuevo concepto trajo. En principio simpatía u orgullo, luego una desaforada esperanza y una depresión excesiva.

Todo el cuento y sobre todo el final es una apología de la posibilidad de imaginar la infinitud o al menos de su verosimilitud. En sus últimas líneas soluciona el antiguo problema de la infinitud considerándola periódica, es decir repetitiva, una especie de continuidad de espejos enfrentados.

Emiliano Martino, M-2512/7

Comisiòn: Prof.: Silvia Botta

domingo, 4 de octubre de 2009

Viernes 9/10/2009

EPISTEMOLOGÍA

TURNO NOCHE

2009

(Profesoras BOTTA, CASTRO, NÍVOLI, PALOMA)


Viernes 9/10/2009



Pròximo viernes tanto en el Teòrico como en los Pràcticos trabajaremos

GASTÒN BACHELARD

TRABAJO PRÁCTICO


EPISTEMOLOGÍA

TURNO NOCHE

2009

(Profesoras BOTTA, CASTRO, NÍVOLI, PALOMA)


(Fecha de entrega viernes 16/10)

Hacer un breve comentario (1 pág. A4 como mínimo, 2 pág. como máximo) -fundamentado en la bibliografía de la materia trabajada hasta el momento- de alguna de las películas sugeridas a continuación:

· Los Demonios, Director: Ken Russell, Origen: Reino Unido, Año: 1971.

· 1984, Director: Michael Radford, Origen: EE.UU., Año:

· El Experimento, Director: Oliver Hirschbielgel , Origen: Alemania, Año: 2001

NOTA: Aquellos que accedan a la promoción directa, presentarán como trabajo final de promoción una versión ampliada y profundizada de este Trabajo Práctico.

viernes, 2 de octubre de 2009

HOY VIERNES 2 DE OCTUBRE: PRÀCTICOS 20HS

Hoy viernes se adelantan las clases de los pràcticos de todas las comisiones de la noche a las 20hs porque no hay teòrico.

martes, 29 de septiembre de 2009

Hoy mièrcoles Anexo Psicologìa (Ituzaingo y Corrientes) 20:30hs.: Proyecciòn y Debate del film “Los Demonios” de Ken Russell



Una película que nos muestra la corrupción política y las contradicciones de la Iglesia, ofreciéndonos un espectáculo visual esplendoroso y mostrándonos escenas realmente perturbadoras. Todo un delirio que no dejará indiferente a nadie y que es necesario descubrir y afrontar con la mente abierta, después de ello quizás hayamos aprendido algo

Los demonios de Loudun

Del polémico director Ken Russell se destaca de su filmografìa sobretodo una película, Los demonios, filme que contiene todos los excesos y virtudes de su cine y que se ha convertido en todo un mito y película de culto.

Gran parte de sus controvertidas imágenes tuvieron que ser eliminadas para no obtener la clasificación de película X. Estas escenas se perdieron, y no fue hasta el año 2004 que se pudo ver una copia casi íntegra en el "National Film Theatre" de Londres, versión que el mismo Ken Russell daba por imposible.

El crítico Mark Kermode fue quién encontró en el 2002 la escena de la violación de Cristo, así como el resto de escenas descartadas. Así, por fin se puede ver en todo su esplendor la representación cinematográfica que hizo Ken Russel del caso de las monjas ursulinas cuya supuesta posesión diabólica en el convento francés de Loudun fue uno de los sucesos más famosos de la época de Luis XIII y el Cardenal Richelieu.

La película está basada en un ensayo de Aldous Huxley, The Devils of Loudun, publicada en 1952, que se basó en el suceso real para escribirlo.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Informaciòn alumnos, Teòrico y Pràcticos

El viernes 2 /10: No hay teórico del Turno noche (Prof. Nívoli) y los prácticos (Prof. Botta, Castro y Paloma) se dictarán a partir de las 20 hs